El pintor

Hacía más de 20 años que no veía a José. Entré en la calle Progresa del barrio de Gràcia, en Barcelona, y no pude dejar de recordar. Me venia a la memoria una tarde lluviosa de agosto. El día anterior yo lo había dejado con Antonia, una chica del barrio con la que acabé a gritos en plena calle. José quería distraerme, y aunque su intención era ir a la playa de la Barceloneta tuvimos que dejarlo por una tempestad de verano. Cuando no podíamos salir a la calle, nos refugiábamos en una bohardilla que ocupaba en el centro de Barcelona que le pagaban sus padres mientras vivió en la ciudad condal. En medio de la habitación una palangana roja recogía el agua que se filtraba del techo. Mientras, yo sentado en la cama deshecha, con una guitarra, intentaba sacar sin demasiado éxito una canción que ya no recuerdo. Él estaba de pié ante un caballete con su lienzo, trabajando en silencio. Nos pasamos la tarde sin mediar palabra.

No se cuanto rato pasó, pero recuerdo vaciar el barreño un par o tres de veces, descansé jugando con el señor botas, un gato callejero que vivía con José y cuando se cansó de mí y me dolían las manos tocar la guitarra me tomaba una cerveza de la nevera, casi lo único que la habitaba en ella. Finalmente, con su acento andaluz me dijo “Ale, pisha, ya acabé”, mientras me mostraba el trabajo realizado esa tarde.

Recuerdo quedar callado, mirándolo atentamente. Era un cuadro dibujado en un gran lienzo, con carbón. En la parte superior salía yo, tocando la guitarra, sentado en una nube que soltaba agua encima de la ciudad. Se distinguía perfectamente la buhardilla de José, al lado de la sagrada familia. Era simple, pero a la vez hermoso. Sin pedírselo me lo regaló, y entonces me percaté que a pesar que se pasaba tardes enteras dibujando en lienzos, no guardaba ninguno en su casa. Decía que el arte es para los demás no para el artista. El cuadro todavía hoy sigue presidiendo el comedor de mi casa, y deja boquiabierto a todas mis visitas.

Durante el camino a casa de José, recordé que antes que toda la peña supiera qué queríamos estudiar, él lo tenía muy claro. Estudiaría bellas artes y después buscaría para vender sus cuadros a quién quisiera pagarlos. Todos lo creíamos capaz. Es más, nadie dudaba que lo consiguiera. Recuerdo como no había fiesta que en algún momento no dijera “Cuando deseas algo con tus fuerzas, al final se cumple, sí o sí”

Volví a mirar el papel donde ayer apunté la dirección. Mi letra, casi indescifrable me hizo pensar que la emoción nunca ha sido buena compañera del temple. Pero entre mi memoria y mi imaginación llegué a comprender lo escrito. Una casa en el barrio de Gràcia. No podía ser de otra manera. No podía parar de imaginar qué habría sido de él este tiempo. Supongo que si bien no se convirtió en un famoso pintor, quizás se dedicaba a hacer dibujos para publicidad. Pero creo que es más posible que se dedicara a algo más artístico, como realizar decorados de teatro. Seguro que es eso. Recuerdo que hizo de Hamlet en una obra, pero al final de la obra la gente lo felicitó por los detalles del escenario que él mismo había fabricado, más que por una interpretación, bastante libre, que hizo del personaje de Shakespeare, y que pocos comprendieron.

Finalmente, eran las tres cuando llegué al número 8 de la calle progrés. Una puerta de garaje estaba abierta, y un hombre vestido de blanco, rodeado de un desordenado estudio de pintura, estaba sentado de espaldas en lo único que identifiqué, una palangana roja, desgastada, más vieja y abollada de lo que la recordaba. El hombre manipulaba algo que no podía ver. Dudé por unos instantes y comprobé la dirección. No había caballetes, ni pinceles, sino cubos enormes de pintura y rodillos de pared. Y la palangana convertida en un taburete. Pero la dirección es la que ayer me dictó por teléfono, sin duda alguna. Con los nudillos desnudos, di dos golpes metálicos en la puerta. El hombre, con el mono blanco, sucio en multicolor, denotaba que se dedicaba a la pintura. Levantó la más que incipiente barriga y me miró sorprendido. Sin duda era José. Seguía conservando la misma cara sonriente que lo delataba como una buena persona. No nos hizo falta ninguna palabra, pocas veces nos hacía falta. Abracé a aquel hombre que debía ser José.

Me hizo esperar, y cambió su ropa de trabajo, por un jersey de pana y unos tejanos gastados, para sentarnos en una terraza en la plaza del sol y compartir una cerveza. Allí me di cuenta que había perdido ese acento sureño característico, hablando ahora un aséptico castellano neutro, de esos que uno es incapaz de identificar en el mapa, sino que solo existe en los telediarios políticamente correctos. Me contó que cuando marchó a Madrid a estudiar apenas le llegaba el dinero para vivir. Siendo de familia humilde me hablaba de como malvivió hasta que le ofrecieron trabajo de pintor de brocha gorda. Mientras me enseñaba las manos gruesas, llenas de callos. Tenía un hablar monótono, lejos de aquel entusiasmo de juventud. Llevaba ropas grises, viejas. Un jersey sin color ni imaginación, que parecía acostumbrado y resignado a cubrir el cuerpo dejado de José. Pasamos la tarde en la calle, recordando anécdotas. Hablándome de las obligaciones de un pintor y de un adulto. Demostrando un nulo interés por exposiciones, suyas o ajenas. Su vida hacía años que se había convertido en galones de pintura mezclada y los programas de la tele que evitaban pensar.

Cuando me despedí de él, le pregunté sobre su futuro, sobre nuevas pinturas, cuadros. Su respuesta fue una decepción enorme, hablándome de crecimiento de su empresa de pintar casas, contratar más personal, quizás un aprendiz. Ni una sola palabra acerca del arte.

Me despedí, resignado a tener lo que queda de ese José jovial y lleno de vida colgado en el salón de mi casa.

Todo viaje empieza por un paso

Fuera, el viento choca contra las persianas cerradas. Pero eso no impide que llegue el sonido de las ramas, moviéndose enfurecidas, como si fueran los brazos de un gigante, molesto por el frío. La lluvia cae lenta, como si no le apeteciera llegar al suelo.Quizás realmente no quiere mojar el asfalto de la ciudad. Parece tener miedo de hacer resbalar a aquel hombre que cruza la avenida más preocupado que el paraguas no de la vuelta. Y gira consigo mismo, como una pareja que baila un vals en medio de la calle.

Pero a este lado de la ventana, el mundo es otro. El calor invade una pequeña habitación, ordenado de una manera particular, de ideas inconexas en búsqueda de un hilo que las agrupe y las muestre al mundo. Una mente sumida en los pensamientos, fuera de todo tiempo, ajenos al exterior. La cabeza se centra en el poco constante sonido del repiqueteo de los dedos en el teclado.

Es así como se generan las historias. Algunas serán mejores, otras no tanto, pero aunque hay tantos objetivos como personas, todas tienen un fin común. Las creaciones que estos dedos dan forma no pretenden otra cosa que mostrar a quien quiera leerlas, ofrecer un mundo paralelo, lleno de sentimientos, de surrealismos que espero den una sonrisa en algún momento.

Paciencia querido lector. Esto no es más que el inicio de algo. Siéntate tranquilo. Navega por este espacio y opina sin miedo, pues el arte no es para otro que no seas tú. Yo escribo para tí, no pretendo que te guste, tampoco pretendo que te levantes para aplaudir. Solo pretendo que al finalizar cada una de las historias te haga reflexionar, aunque esa reflexión solo dure el sonido que deja el espacio entre el click y el clack del movimiento del segundero.

Bienvenido, disfruta, y haz que este espacio sea tuyo. Se un buen anfitrión, compártelo. Haz que más y más gente sea partícipe de este espacio. Escribe, propón. Pero sobre todo, hazme saber que estás allí.

Un abrazo, Joan