RAGRÚ

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Erase una vez, en un sitio que no pasaba nada. Los edificios grises frenaban los rayos de sol ya debilitados por las nubes que siempre habían pintado el cielo. Los niños, parecidos unos a otros, volvían a casa. Cuatro niños no corrían por el parque haciendo volar las palomas que no estaban allí. Los más pequeños no se atrevían a pedir el cubo y la pala para hacer arqueología infantil en una arena que ya no adornaba el rincón de juegos. Los mayores, se quedaban en casa, sin leer el periódico, ni salir a mirar el partido de futbol que cada tarde no se jugaba en la plaza. El gato, al no ser perseguido por el perro yacía en una barandilla.

El alcalde, orgulloso, era la única persona que se atrevía a sonreír, al ver como el silencio reinaba. El orden  impedía que nada se saliera del guión.

Alguien, en algún punto de la ciudad, señaló el cielo. “¡RAGRÚ!” gritó. Un joven a su lado respondió mirando al cielo, buscando algo que al encontrarlo gritó “¡RAGRÚ!”. Poco a poco, el grito fue rompiendo el silencio monótono de la ciudad. A la vez un pájaro grande volvía a la ciudad. Cuando el alcalde escuchó el grito cambió la cara. Empezó a acelerar el paso, y finalmente corría sin mirar a nadie. El grito de “¡RAGRÚ!” resonaba en su cabeza como si fueran palos que le golpearan.

Las miradas de hombres, mujeres, niños y ancianos seguían el seseante punto negro que reflejaba el ave negra. El gato seguía corriendo la réplica en el suelo del animal. Detrás un niño perseguía el gato mientras gritaba “¡RAGRÚ!”.  Cada vez que el gato giraba una esquina, más infantes perseguían al animal. Un niño, tropezó y varios más tropezaron con él. Pero el gato siguió persiguiendo el pájaro en el suelo.

El alcalde con los ojos desorbitados y el sudor  frío que le caía por la frente estaba solo en una esquina, mirando al cielo. El gato siguió el pájaro en el suelo cada vez más grande, perseguido por los niños que seguían en pie. Más atrás, unos niños jugaban a pelearse sin hacerse daño, y todo el pueblo golpeaba al alcalde con sus gritos de “¡RAGRÚ!”.

Finalmente el pájaro descendió y depositó sus patas en la cornisa de una ventana, encima del alcalde. El pájaro observaba por la ventana, mientras el pueblo se reunía para ver la escena. Ahora ya no gritaban “¡RAGRÚ!”, sino que lo coreaban en voz baja de manera repetitiva. Cuando dejó caer una textura verde y oscura, el pueblo entero acompañó el hecho con una subida del volumen. Finalmente los gritos de júbilo y los abrazos cuando la masa verde chocó contra la cabeza del alcalde, asustó el pájaro, que marchó volando.

Cuando no hay rastro del pájaro, los niños volvieron en silencio a buscar las mochilas que tiraron un rato antes. Y el alcalde se quedó humillado e ignorado por el pueblo, otra vez.

 

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El pintor

Hacía más de 20 años que no veía a José. Entré en la calle Progresa del barrio de Gràcia, en Barcelona, y no pude dejar de recordar. Me venia a la memoria una tarde lluviosa de agosto. El día anterior yo lo había dejado con Antonia, una chica del barrio con la que acabé a gritos en plena calle. José quería distraerme, y aunque su intención era ir a la playa de la Barceloneta tuvimos que dejarlo por una tempestad de verano. Cuando no podíamos salir a la calle, nos refugiábamos en una bohardilla que ocupaba en el centro de Barcelona que le pagaban sus padres mientras vivió en la ciudad condal. En medio de la habitación una palangana roja recogía el agua que se filtraba del techo. Mientras, yo sentado en la cama deshecha, con una guitarra, intentaba sacar sin demasiado éxito una canción que ya no recuerdo. Él estaba de pié ante un caballete con su lienzo, trabajando en silencio. Nos pasamos la tarde sin mediar palabra.

No se cuanto rato pasó, pero recuerdo vaciar el barreño un par o tres de veces, descansé jugando con el señor botas, un gato callejero que vivía con José y cuando se cansó de mí y me dolían las manos tocar la guitarra me tomaba una cerveza de la nevera, casi lo único que la habitaba en ella. Finalmente, con su acento andaluz me dijo “Ale, pisha, ya acabé”, mientras me mostraba el trabajo realizado esa tarde.

Recuerdo quedar callado, mirándolo atentamente. Era un cuadro dibujado en un gran lienzo, con carbón. En la parte superior salía yo, tocando la guitarra, sentado en una nube que soltaba agua encima de la ciudad. Se distinguía perfectamente la buhardilla de José, al lado de la sagrada familia. Era simple, pero a la vez hermoso. Sin pedírselo me lo regaló, y entonces me percaté que a pesar que se pasaba tardes enteras dibujando en lienzos, no guardaba ninguno en su casa. Decía que el arte es para los demás no para el artista. El cuadro todavía hoy sigue presidiendo el comedor de mi casa, y deja boquiabierto a todas mis visitas.

Durante el camino a casa de José, recordé que antes que toda la peña supiera qué queríamos estudiar, él lo tenía muy claro. Estudiaría bellas artes y después buscaría para vender sus cuadros a quién quisiera pagarlos. Todos lo creíamos capaz. Es más, nadie dudaba que lo consiguiera. Recuerdo como no había fiesta que en algún momento no dijera “Cuando deseas algo con tus fuerzas, al final se cumple, sí o sí”

Volví a mirar el papel donde ayer apunté la dirección. Mi letra, casi indescifrable me hizo pensar que la emoción nunca ha sido buena compañera del temple. Pero entre mi memoria y mi imaginación llegué a comprender lo escrito. Una casa en el barrio de Gràcia. No podía ser de otra manera. No podía parar de imaginar qué habría sido de él este tiempo. Supongo que si bien no se convirtió en un famoso pintor, quizás se dedicaba a hacer dibujos para publicidad. Pero creo que es más posible que se dedicara a algo más artístico, como realizar decorados de teatro. Seguro que es eso. Recuerdo que hizo de Hamlet en una obra, pero al final de la obra la gente lo felicitó por los detalles del escenario que él mismo había fabricado, más que por una interpretación, bastante libre, que hizo del personaje de Shakespeare, y que pocos comprendieron.

Finalmente, eran las tres cuando llegué al número 8 de la calle progrés. Una puerta de garaje estaba abierta, y un hombre vestido de blanco, rodeado de un desordenado estudio de pintura, estaba sentado de espaldas en lo único que identifiqué, una palangana roja, desgastada, más vieja y abollada de lo que la recordaba. El hombre manipulaba algo que no podía ver. Dudé por unos instantes y comprobé la dirección. No había caballetes, ni pinceles, sino cubos enormes de pintura y rodillos de pared. Y la palangana convertida en un taburete. Pero la dirección es la que ayer me dictó por teléfono, sin duda alguna. Con los nudillos desnudos, di dos golpes metálicos en la puerta. El hombre, con el mono blanco, sucio en multicolor, denotaba que se dedicaba a la pintura. Levantó la más que incipiente barriga y me miró sorprendido. Sin duda era José. Seguía conservando la misma cara sonriente que lo delataba como una buena persona. No nos hizo falta ninguna palabra, pocas veces nos hacía falta. Abracé a aquel hombre que debía ser José.

Me hizo esperar, y cambió su ropa de trabajo, por un jersey de pana y unos tejanos gastados, para sentarnos en una terraza en la plaza del sol y compartir una cerveza. Allí me di cuenta que había perdido ese acento sureño característico, hablando ahora un aséptico castellano neutro, de esos que uno es incapaz de identificar en el mapa, sino que solo existe en los telediarios políticamente correctos. Me contó que cuando marchó a Madrid a estudiar apenas le llegaba el dinero para vivir. Siendo de familia humilde me hablaba de como malvivió hasta que le ofrecieron trabajo de pintor de brocha gorda. Mientras me enseñaba las manos gruesas, llenas de callos. Tenía un hablar monótono, lejos de aquel entusiasmo de juventud. Llevaba ropas grises, viejas. Un jersey sin color ni imaginación, que parecía acostumbrado y resignado a cubrir el cuerpo dejado de José. Pasamos la tarde en la calle, recordando anécdotas. Hablándome de las obligaciones de un pintor y de un adulto. Demostrando un nulo interés por exposiciones, suyas o ajenas. Su vida hacía años que se había convertido en galones de pintura mezclada y los programas de la tele que evitaban pensar.

Cuando me despedí de él, le pregunté sobre su futuro, sobre nuevas pinturas, cuadros. Su respuesta fue una decepción enorme, hablándome de crecimiento de su empresa de pintar casas, contratar más personal, quizás un aprendiz. Ni una sola palabra acerca del arte.

Me despedí, resignado a tener lo que queda de ese José jovial y lleno de vida colgado en el salón de mi casa.

La gasolinera

Fran y Ricardo estaban sentados con cara de perplejidad, separados por una de las cochambrosas mesas de la taberna de la plaza del pueblo. Finalmente Ricardo rompió el silencio.

-Lo que me dices no tiene sentido alguno. Debió ser una broma o algo.

-No, no, pasó tal como te cuento..

<<Apenas eran las 6 de la tarde. Ya sabes que en invierno el frío en esta sierra es realmente duro, y cuando se junta el agua-nieve, no hay chubasquero ni anorak que te refugie de las inclemencias del tiempo. El viento golpeaba la puerta, trayendo la nieve que ayer tiñó de blanco todos los campos. José, que ya sabes lo comodón que puede llegar a ser, me obligó a salir a quitar la nieve de la entrada. Una de esas tonterías suyas. ¿Quién, en su sano juicio saldría con este tiempo a las carreteras heladas?. ¡Incluso la gasolina se habrá congelado.!

Después de quejarme dos veces y otras dos que infructuosamente intenté que el pequeño Javier fuera quien saliera a luchar contra el tiempo, me acerqué al perchero, cogí el abrigo rojo de la gasolinera y me acerqué a la puerta respirando fuerte. -Ha sido un placer haberos conocido amigos.- Dije con cierta sorna mientras me ataba el anorak.

Finalmente respiré hondo, miré afuera y abrí la puerta. Un aire frío decidió que había que aprovechar la situación y entrar en el pequeño supermercado de la gasolinera, por lo que quise recrearme en mi penuria mientras los presentes me miraban con cara de congelación. Señalé uno de los surtidores medio enterrados en la nieve y con el arte de un dramaturgo sollocé – Sabéis que seguramente no vuelva y acabé tirado en esa esquina, tapado por la nieve y pereciendo de frío. Decidle a mi mujer e hijos que me hubiera gustado conocerles.

Me dirigí a la fría puerta de metal al lado del surtidor 5. Tuve que dar unos golpes a la cerradura congelada para hacer saltar el hielo que me impedía usar la llave. Finalmente abrí la puerta, mientras las bisagras hacían saltar trozos de hielo que me golpeaban la cara, ya insensible. La resignación hizo que los guantes de gore-tex que cubrían mis manos cogieran la pala que quedó en primer plano. Ni tan siquiera la levanté. Agarrándola por el mango la arrastré a la vez que arrastraba los pies hasta la entrada de coches. Al igual que un enterrador, palaba sin pensar, tirando al nieve a un lado liberando la entrada de obstaculos a los coches que no esperaba que llegaran.

Absorto en mi trabajo y con el ensordecedor silbar del viento en mis oídos, me sorprendió un extraño sonido en la lejanía. Como de un fantasma, una enorme sombra oscura entre la nieve fué tomando forma. Cuatro caballos tirando de un carruaje, con su cochero embotado en capa, pañuelo y sombrero, sentado en el pescante y usando una larga fusta y unas riendas para controlar los caballos. Ignorando todo el trabajo que llevaba hecho, hizo pasar los caballos por donde todavía no había peleado, cosa que demostraba lo absurdo de mi trabajo. El cochero paró a mi altura y pude ver que dentro de la cabina alguien viajaba tan cómodamente como se puede viajar en estos sitios. El cochero gritó por encima del gélido viento.

-A las buenas de Dios mozo. ¿Puede decirme si es aquí el lugar de repostaje de coches?

-Sí claro señor, pero…. -No me dejó terminar la frase que ya se había bajado para darme las riendas en mano.

-Perfecto, traiga entonces forraje y agua para mis caballos, aunque creo que todos agradeceríamos estar en un lugar mas refugiado.

No salía yo de mi asombro, y ese hombre debió notarlo. No sabía qué hacer. Me giré, miré a derecha e izquierda. No sabría decirte qué buscaba, supongo que la cámara de la productora que estuviera montando esta broma.

-¿Se puede saber a qué estás esperando? Necesito un cobertizo. Lord Conninton no tiene todo el día. Debemos llegar a Londres antes que caiga la noche.

-Perdone, pero aquí solo le podemos dar agua, y gasolina- le dije mientras le mostraba el surtidor de Diesel.

El extraño cochero, se acercó a mí y cogió el surtidor arrebatándomelo de las manos con fuerza. Ante mi sorpresa le acercó la manguera al primero de los caballos, y tras darle al gatillo, el corcel, mordiendo el surtidor, empezó a tragar el líquido ante mi sorpresa y la eterna paciencia del cochero. Al acabar con el primer caballo, sin decir nada pasó el surtidor al segundo animal. Así me permitió ver que el caballo que acababa de beber el gasoleo estaba fuerte, animoso y de pelaje brillante, mientras que el resto estaban escualidos, apagados y débiles. Si no había tenido sorpresas suficientes, observé como, a medida que el animal bebía gasolina engordaba y recuperaba el brío que un viaje largo por caminos nevados le hace perder. Así el cochero alimentó pacientemente los 4 caballos que volvieron al resplandor que tendrían horas antes.

El mozo se acercó a mi una vez finalizado el repostaje. Me tendió la manguera que me apresuré a colocarla en su lugar. Le comenté que debía 96.15€. Casi sin inmutarse sacó del cinto una bolsa vertiendo unas pocas monedas doradas que contó casi en silencio y me extendió.. Las monedas eran brillantes y por instinto acepté sin rechistar. No me dió tiempo de decirle que esas monedas no eran válidas. Parecían monedas inglesas antiguas, por lo que no son de curso legal. Sin que pudiera decirle nada, El cochero ya estaba en el palanquín, arreando a los caballos y poniendo en marcha el coche. Cuando quise darme cuenta el carro había salido de la gasolinera, levantando nieve, dejando como único rastro de su paso por allí el inconfundible rastro de las delgadas ruedas de madera que rápidamente serían borradas por la nieve que estaba cayendo>>

Ricardo mira a Fran con cara pensativa. Con voz acusadora y solemne le pregunta – ¿Alguien vio esto? …. el carruaje, el cochero…

-No, nadie, pero te juro que….

-Nada, calla. Siempre lo mismo. No diré que la excusa no sea realmente impresionante e imaginativa, pero yo soy el responsable de la gasolinera, y tienes dos opciones, o pagas 96,15€ o mañana no hace falta que vuelvas a trabajar.

Todo viaje empieza por un paso

Fuera, el viento choca contra las persianas cerradas. Pero eso no impide que llegue el sonido de las ramas, moviéndose enfurecidas, como si fueran los brazos de un gigante, molesto por el frío. La lluvia cae lenta, como si no le apeteciera llegar al suelo.Quizás realmente no quiere mojar el asfalto de la ciudad. Parece tener miedo de hacer resbalar a aquel hombre que cruza la avenida más preocupado que el paraguas no de la vuelta. Y gira consigo mismo, como una pareja que baila un vals en medio de la calle.

Pero a este lado de la ventana, el mundo es otro. El calor invade una pequeña habitación, ordenado de una manera particular, de ideas inconexas en búsqueda de un hilo que las agrupe y las muestre al mundo. Una mente sumida en los pensamientos, fuera de todo tiempo, ajenos al exterior. La cabeza se centra en el poco constante sonido del repiqueteo de los dedos en el teclado.

Es así como se generan las historias. Algunas serán mejores, otras no tanto, pero aunque hay tantos objetivos como personas, todas tienen un fin común. Las creaciones que estos dedos dan forma no pretenden otra cosa que mostrar a quien quiera leerlas, ofrecer un mundo paralelo, lleno de sentimientos, de surrealismos que espero den una sonrisa en algún momento.

Paciencia querido lector. Esto no es más que el inicio de algo. Siéntate tranquilo. Navega por este espacio y opina sin miedo, pues el arte no es para otro que no seas tú. Yo escribo para tí, no pretendo que te guste, tampoco pretendo que te levantes para aplaudir. Solo pretendo que al finalizar cada una de las historias te haga reflexionar, aunque esa reflexión solo dure el sonido que deja el espacio entre el click y el clack del movimiento del segundero.

Bienvenido, disfruta, y haz que este espacio sea tuyo. Se un buen anfitrión, compártelo. Haz que más y más gente sea partícipe de este espacio. Escribe, propón. Pero sobre todo, hazme saber que estás allí.

Un abrazo, Joan